Imposibilidad del silencio

Tengo un problema y creo que es un problema serio. De un tiempo a la fecha he sentido el deseo de volverme mudo, aunque tengo que decir que no estoy “seco”, porque no he dejado de sentir en mí el deseo de decir cosas. Esto es algo extraño, una certeza que me ha acompañado desde que era muy pequeño, prácticamente desde que tengo conciencia. Siempre he querido expresar cosas, pasar por el mundo “arrastrando la pluma” con la ilusión bobalicona de que algo quede de mí cuando yo ya no exista más. Espero que se me entienda, es esa idea tonta de querer habitar alguna memoria.

Tengo el impulso de decir cosas, hacer cosas, conversar todo el tiempo sobre cosas, pero no sé exactamente de qué y este creo que es el problema: mi mente se expande por momentos de manera caótica. Me siento agobiado por estos días, por el ruido de estos días que voy viviendo; es como si mi capacidad de procesar la realidad se hubiera averiado de pronto y la vida, como una cadena de producción que no sabe detenerse nunca, estuviera acumulándose y amenazando con colapsar el sistema. Todo se acelera y el incremento de dicha aceleración es cada vez mayor. No sé si se me entienda, pero desearía tanto que hubiera, como en algunos deportes, un “tiempo fuera” que nos permitiera descasar de todo lo vivido. Tal vez sea, se me ocurre, que hemos superado ya nuestra capacidad de procesar signos y estamos atragantados, paralizados por el agobio de querer reestablecer el equilibrio perdido.

No soy un autor, no tengo autoridad sobre lo que digo. Si hablo es por la necesidad de que algo fluya y pueda experimentar esa liberación parcial del oficio de mover las manos o la lengua; me he convertido en el vigilante de mí mismo, el celoso inspector de la actividad mental constante. Toda renuncia a la expresión me resulta sospechosa y debo castigarme. El ocio me parece la última traición.

Y vaya que he hecho la lucha para desembarazarme un poco de todas las cargas que llevo encima, pero he llegado a la conclusión de que esta es una tarea ya imposible. La maldición de la actividad febril parece haber llegado para quedarse. ¿Qué pasará? ¿Nos volveremos todos estúpidos y retornaremos al silencio animal que abandonamos alguna vez? ¿Estaremos a punto de entrar en una era de destrucción de almas? ¿Será acaso que debemos volver de manera desesperada a visitar las viejas parcelas de la vida frugal de nuestros abuelos? No tengo ninguna respuesta, pero tengo que terminar este artículo que no me gustaría abandonar jamás porque, supongo ya habrá quedado claro, mi problema es logorrágico y muy probablemente incurable: se me sale la voz por todos lados. Es eso.

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Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo

Escritor.

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