La libertad de insultar

Todos saben ya de qué voy a hablar pues el título lo implica caramente: la agresión del actor Will Smith al comediante Chris Rock durante la nonagésimo cuarta entrega de los premios Oscar sucedida el pasado 27 de marzo. Tampoco será un misterio anticipar de qué lado de la balanza estaré yo, como lo he estado desde hace mucho tiempo, desde que decidí abrazar pública y activamente la causa de la libertad.

Los hechos son simples, un comediante hace una broma imbécil, la víctima del dardo ponzoñoso no es capaz de controlar sus emociones más primitivas, “comérsela” detrás de una risa falsa y aguantar el chaparrón, como cualquier persona con un mínimo de prudencia hubiera hecho. Sube al escenario y abofetea al comediante. Luego todo es confusión, caos y risas fingidas, incluyendo la del propio agredido, que sí tiene el poder personal de sonreír y aguantar la afrenta por el bien del espectáculo. Final y absurdamente el agresor vuelve a subir al escenario para recibir una estatuilla dorada, balbucea dos o tres tonterías y recibe un aplauso complaciente de los miserables que se encontraban presentes en el recinto. Increíble todo.

Como es natural, las reacciones a este bochornoso incidente atiborraron las redes sociales en cuestión de segundos y su impacto fue tan grande que, incluso los que no estábamos viendo dicho evento en vivo, encendimos la tele (la compu, en realidad) para averiguar qué diablos estaba ocurriendo. Entonces empezó un debate mentiroso marcado por la impostura risible, tan común en las redes sociales, de quienes se deleitan aparentando ser lo que no son. Si algo he aprendido durante los últimos días es que mis redes sociales son en realidad un océano de testosterona, un rancio depósito de expresiones bravuconas más propias del tiempo de mis abuelos que de este siglo XXI en el que nos encontramos.

Visto lo visto, no me extraña que los niveles de violencia física en México hayan llegado a tal punto que el país sea ahora una enorme fosa de cadáveres, una espesa nata de sangre cubierta de moscas. La violencia ha sido acogida y asumida como elemento esencial de nuestras sociedades: el que tenga más saliva que trague más pinole. Es una monstruosidad en toda regla que, en referencia al incidente del bofetón, se expresa en salvajadas como estas: “a toda acción corresponde una reacción”, “Si un hombre no defiende a su mujer, no es un hombre”, “eso no es comedia, es un insulto”, “si eso me hubiera pasado a mí, no solo lo hubiera golpeado, le hubiera arrancado la cabeza”. Griteríos de borracho proferidos por quienes fantasean con alcanzar unos niveles de agresividad heroica aprendidos en las películas de acción consumidas por tarados.

La respuesta a todos estos eructos es muy sencilla: la violencia física no es equiparable a la violencia verbal. Los comediantes o, mejor dicho, la comedia tiene la libertad absoluta de aguijonear la carne de todos, sobre todo de quienes detentan el poder político, económico y social, como es el caso de todos los que se encontraban en dicha ceremonia. La comedia es la venganza popular de la masa anónima que somos casi todos, la cuchillada dulcísima que legiones de desesperanzados asestan a los ganadores de la vida. Tal es la importancia de los comediantes. Suponer que es posible poner límites a la comedia es abonar las causas de la tiranía. ¿Quién pondría esos límites y por qué? ¿Cuáles son los parámetros morales que todo mundo aceptaría para anudar las lenguas de los bufones más ácidos? Es una idea peligrosa cuando no llanamente perversa esta la de las buenas conciencias partidarias eternas de la censura. Es un alto deber moral defender el derecho al insulto.

Atestiguar que hoy en día hay tantos defensores de la violencia física, incluso cuando lo hacen invocando esa idea tan peregrina que es “el honor”, es a un mismo tiempo descorazonador y estimulante, aquello porque uno supondría un progreso civilizatorio mayor, y esto porque supone un reto positivo para quienes defendemos desde nuestra trinchera la eterna causa de la libertad humana.

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Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo

Escritor.

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