Las tiranas

Me he dado cuenta de una cosa que me tiene muy preocupado. La mayor parte del tiempo somos, me refiero a todos los mortales, simples seres reactivos; el mundo de las emociones, esas tiranas, es fatalmente decisivo en nuestra vida. Es tan fundamental que pasa desapercibido y muchísimas veces sucede que atribuimos a nuestra razón decisiones que tomamos motivados por la furia, el resentimiento o el simple tedio: eso que llamamos nuestra libertad no lo es del todo. Somos seres manipulados por fuerzas que desconocemos, lo que hace de nuestra dependencia un caso trágico.

Tengo la certeza de que no existe una misión personal más elevada que la defensa de la libertad. Tengo la convicción firme de que el ser humano desea, movido por una sed que él mismo ignora, alcanzar cuotas cada vez más elevadas de autonomía frente a la realidad y sus demonios. Sin embargo, dar el paso que lo vuelve auténticamente libre no es tan fácil. En su corazón habita un estremecimiento que no lo deja dormir. Se trata del miedo, la emoción más necesaria y al mismo tiempo más salvaje de todas. Entre ganarse con decisión la soberanía a la que tiene derecho y evitar el enfrentamiento con la bestia interior, casi siempre opta por esto último; pocos son los que son capaces de asumir riesgos. ¿Y qué sucede en la cabeza de los cobardes? La negociación, la solicitud de una prórroga: hoy no buscaré encarnar mi libertad, mejor mañana. Hoy quiero ganar la paz de los vencidos.

Y así pasan los años, mientras los días se vuelven una misma cosa gris y espesa. El cobarde comienza a retroceder ante lo evidente y va abandonando poco a poco el mundo de la vida para refugiarse en el universo de sus fantasías enfermas; ahí todo es cálido y sin riesgo. Desde su morada de quimeras se ve a sí mismo en posturas delirantes que lo salvan. Todo se vuelve para él una gesticulación, una promesa que se prorroga interminablemente. Es todo un puro delirio, pero él ha decidido no darle importancia; es cosa común que finalmente suceda la suplantación definitiva y el cobarde se sienta libre en su propia jaula. Aún más, desde su esclavitud se alzará por encima de los demás para llamarlos “miserables” porque él, en lo más hondo de su postración, se sentirá un hombre con un hermoso para de alas en la espalda.

La libertad implica, ahora lo entiendo, dolor, angustia, sangre. No se consigue sin oponer resistencia, sin romper prejuicios, sin machacar ideas heredadas de los padres, sin demoler instituciones que parasitan nuestra mente, sin abrazar el error propio y suponer la posibilidad abierta del progreso. Ser libre es ser ese caminante que no se detiene nunca, que ayuda a los que han perdido el rumbo, que es invulnerable al desaliento y que, sobre todo, sabe con todo su cuerpo, su mente y su corazón hacia dónde es que se dirige.

Ser libres es saber hacían dónde vamos y no avergonzarnos jamás por esta certeza.

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Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo

Escritor.

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