Los liderazgos vacíos

Sobre los líderes de su tiempo, Confucio afirmaba: “tienen una capacidad tan limitada que apenas cuentan para nada”. Creo que las cosas no han cambiado mucho en todos estos siglos, o al menos así me lo parece a mí, que día a día me asomo a la ventana de los medios y las redes sociales, que cada día tengo que salir a vérmelas con el mundo real y observo con desencanto el aire de mi tiempo, una era envilecida, obsesionada con los juegos intrascendentes. No cierro la posibilidad de que esto no sea sino la consecuencia de mis propios prejuicios y juro que nada desearía más que ser yo el equivocado, porque si no es así, si finalmente mi lectura es la correcta, no me cabe la menor duda de que este naufragio es ya inevitable.

En términos planetarios pienso en el advenimiento de tendencias localistas, totalitarias y contrarias a todo cosmopolitismo. Se equivocan de punta a punta, es evidente, atrincherados en sus inmundas identidades provincianas y abiertamente risibles; pero el caso es que no son pocos, de hecho, son millones de tarados que los siguen. ¿Por qué? No lo sé, no tiene ningún sentido, pero es así y no puedo negar la realidad; incluso podría decir que tal vez terminen por imponerse, destruyendo la idea más hermosa que jamás haya sido concebida por nuestra especie: la democracia liberal. Esta marabunta de desquiciados nacionalistas obedece la voluntad de sus líderes demenciales, bufonescos y lo hacen sin culpa, sin que aparezca el más mínimo asomo de autocrítica. Actúan como grandes masas de individuos poseídos por una vehemencia de raíces profundas; en todo caso, el mérito de estos liderazgos de la catástrofe ha consistido en reconocer en el alma de los hombres el nervio esencial, la antigua raíz del miedo que es preciso estimular para que salte de inmediato la bestia que somos todos en potencia.

Todo esto me hace pensar en la perversión misma del término “líder”. Lo asociamos casi con naturalidad al carisma, al poder de la seducción, a los aspavientos y el drama. Aquí radica todo el asunto, no entendemos que el líder es ante todo un servidor y un alma plenamente consciente de sus deberes morales; el liderazgo supone la conciencia en acción, la comprensión de la historia y la voluntad de señalar con valentía y honestidad cuál es el sentido de nuestros pasos. Esto me gusta, el líder es un constructor de sentido, es decir, de rumbos, experiencias y racionalidades. El líder habrá de comprometerse hasta la médula con acciones de liberación individual porque esa y no otra es la meta más elevada a la que puede aspirar un ser humano: la libertad personal.

¿Dónde se encuentran hoy los líderes de la libertad? No lo sé, no los encuentro; atisbo aquí y allá irrupciones tímidas y pasajeras. No existe el arrojo de defender la verdad porque la propaganda ha impuesto un paradigma colectivista y bastardo. Mientras tanto el mundo se dirige en loca carrera hacia el pasado, deseoso de ocultarse en las sombras de la locura, temeroso de seguir asumiendo el reto más elevado de nuestra especie: la construcción del futuro.

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Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo

Escritor.

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