Otra vida, otro mundo

Me preocupan solo dos o tres cosas, el resto puede irse por donde ha venido. Me preocupa sobre todo el asunto de mi vida secreta, el que acontece ignorado por todos, incluso por mí, ese espacio (hay que decirlo de algún modo) donde la vida de verdad, y no las simulaciones a las que todos estamos obligados, sucede. Digamos que acontece, que pasa; estoy de pronto entretenido con algo, viendo una película o caminando entre la gente y entonces viene, ahí está, se me muestra. Me gusta creer que hay rendijas por todas partes, rendijas que nosotros no atendemos y a través de las cuales podemos atisbar la luz que arde en el reverso de todas las cosas. Desde niño lo he sabido: este mundo no lo es todo. Más allá del cerco elemental de los sentidos también suceden cosas. Esa es la tarea de los poetas, por si no se han dado cuenta; cada poema es un intento, una partida de cacería en la que el cazador desconoce el nombre y la ubicación de su presa.

No he sabido hacerme de otro método que el de la escritura. Cuando escribo, incluso en esta fría mañana de otoño, a mitad del bosque, voy buscando descifrar las claves imposibles, el acertijo de mi sangre. En eso consiste toda la poesía que se ha escrito, en buscar con desesperación ese tesoro que sabemos alguna vez tuvimos y que quizá hemos perdido para siempre; es una tarea infame, cruel, profundamente dolorosa. Esa es la única escritura en la que creo, la que sucede siempre a solas y que escasamente produce algo, acaso un montón de folios que van a dar (casi) siempre a la basura.

Sin embargo, lejos de asumir este oficio como una maldición, lo hago con placer, con alegría incluso, asumiendo esa otra racionalidad que necesito. Frente a la página en blanco no tengo dudas, toca caminar. Así lo hago ahora. Eso estoy haciendo, abriendo brecha a punta de palabras e intuiciones, llamándome a mí mismo a gritos, buscando sin buscar, haciéndome en el ritual cotidiano de la marcha. Estimo que poco más podrá decirse de este oficio enloquecido que yo tengo; es hora de decirlo con todas sus letras, los escritores no servimos a nada ni a nadie, solo acontecemos porque sí, con el mismo rigor con el que se amotinan las flores o se consume después de un largo estío toda la hoja seca de los montes.

Hay que mirar a los ojos, fijamente y con serenidad, los ojos oscurecidos de la locura. El mundo no es lo que aparenta y es necesario decirlo sin vacilaciones, ni pudores, ni lágrimas inútiles. Los escritores somos los menos inteligentes de los hombres, es cierto, pero cuando el oficio es de verdad y la convicción es profunda, un escritor es capaz de alcanzar cotas de un valor inusitado. Por mínima que esta sea, a mí me parece esta una victoria noble e inapelable que de algún modo, eso quiero imaginar, podrá justificarnos ante los tribunales de la memoria.

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Álex Ramírez-Arballo

Álex Ramírez-Arballo

Escritor.

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